domingo, 25 de julio de 2010

Análisis/Hugo Chávez y Diego Maradona: Relaciones tormentosas


El aún técnico de Argentina antepuso su visita a Chávez a un diálogo que debía sostener el jueves para definir su continuidad al frente de su selección. Las negociaciones serán el próximo martes, si el presidente venezolano no se opone.
Fernando Araújo Vélez
Aquel que lo envió a los buitres la primera vez desde la Casa Rosada fue el mismo a quien él había defendido meses atrás: Carlos Saúl Menem. Fueron amigos, socios y enemigos. Jugaron al fútbol en partidos benéficos y acabaron distanciados. “Menem me utilizó”, decía Diego Maradona en los años 90, poco después de que un operativo policial con periodistas a bordo lo hubiera descubierto drogado en un apartamento del barrio de Caballito en Buenos Aires. El “10” fue conducido a prisión en medio de cientos de flashes y preguntas impertinentes. Días antes, al presidente Menem le había estallado un escándalo por tráfico de armas que derivó, años más tarde, en una orden de prisión domiciliaria en su contra.
El carcelazo de Maradona desvió gran parte de la atención. Por eso dijo lo que dijo, para después descargarse contra la raza de los políticos y, en especial, de los peronistas. Tiempo antes, 1990, Menem lo había nombrado embajador deportivo. Investido de su cargo, tocado por su talento, Maradona reventó la Copa del Mundo de Italia 90 con sus declaraciones y su fútbol. Mientras fuera de la cancha les recordaba a los napolitanos que el Norte, el ampuloso y poderoso Norte, sólo se acordaba de ellos cuando había un partido de fútbol como el que enfrentaría a Argentina e Italia en el estadio de San Paolo por las semifinales del torneo, en el campo eliminaba rivales.
Silvio Berlusconi, por aquel entonces accionista mayoritario y directivo del A.C. Milán, declaró en voz baja que lo acabaría, algo similar a lo que había dicho cuatro años atrás Joao Havelange, presidente de la Fifa. “Mándele a decir a Maradona que si sigue con sus intrigas se le acaba el Mundial”, le advirtió a Julio Grondona, rector de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino). Maradona había protestado porque la Copa de México 86 se jugaría bajo el sol del mediodía, e incluso había logrado armar una especie de sindicato con algunos de los jugadores de Italia. Para la Fifa, de los horarios dependían millones de dólares por derechos de televisión en Europa que no estaban dispuestos a perder por un simple “cabecita negra”.
Pasados algunos meses, los tres: Havelange, Berlusconi y Menem celebraron una por una las reiteradas caídas de Maradona. Primero por consumo de cocaína en Italia, luego en Buenos Aires y más tarde en el 94, cuando una prueba de doping le dio positivo de efedrina. “Me cortaron las piernas”, sollozó el “10”, tan abatido que no dio nombres. Un año más tarde, no obstante, apoyó a Carlos Menem públicamente en sus intereses por ser reelegido. Después recayó en su adicción a las drogas y viajó a tratarse a La Habana, con la imagen del Che Guevara tatuada en su brazo izquierdo. Más de una vez habló con Fidel Castro y en más de una ocasión le prometió fidelidad a las ideas revolucionarias.

Cuando Maradona se fue de Cuba, Castro comenzó a enviarle cigarros de la marca Habanos, los más tradicionales de la isla. Incluso, en la pasada Copa del Mundo de Sudáfrica, una vez terminados los partidos de Argentina, el entonces técnico se fumaba uno. En La Habana, Maradona pasaba de la euforia a la depresión, lejos de sus hijas, Dalma y Giannina, y más lejos aún del fútbol. Por un tiempo desapareció del mundo y de los medios, que en su caso siempre fueron casi lo mismo. Regresó en 2005. Como lo reseñaron Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Montaner y Álvaro Vargas Llosa en su libro El regreso del idiota, “Hugo Chávez, al lado de Evo Morales y del futbolista Diego Maradona, de espaldas a los gobernantes americanos y delante de una multitud de perfectos idiotas reunida en el estadio de esa ciudad (Mar del Plata), pidió un minuto de silencio para celebrar la defunción del Alca (Área de Libre Comercio de las Américas). “A mí me gustan las mujeres, pero estoy enamorado de Chávez”, había declarado Maradona después de conocerlo. “Dios los cría y ellos se juntan”, sentenciaron Mendoza, Montaner y Vargas Llosa.
Maradona había llegado de maquinista en el Tren del Alba, junto con Morales y el cineasta Emir Kusturika. Cuando le preguntaron si tenía intereses políticos, Maradona respondió, molesto: “Vengo acá contra este tipo que es un hijo de puta (por Bush). Vengo como argentino, no como político. Seamos dignos, echemos a Bush”. Desde ese día su amistad con Hugo Chávez fue indisoluble. El presidente venezolano lo invitaba cada año a dictar charlas de diversa índole, y el “10” se reunía con él a conversar sobre esta vida y la otra. El miércoles pasado Maradona aterrizó en Caracas casi sin previo aviso. Dejó a Julio Grondona y su futuro con la selección argentina plantados en Buenos Aires.
Al aterrizar en Maiquetía, dijo que el lunes hablaría sobre el asunto fútbol, un tema que no ha tocado en público desde el 3 de julio, cuando su equipo fue eliminado de la Copa de Sudáfrica. Los periódicos argentinos concluyeron, por terceras versiones, que Cristina Kirchner había presionado a Grondona para que mantuviera a Maradona como entrenador de la selección hasta la Copa del Mundo de 2014, y sustentaron sus tesis en las elecciones de octubre del próximo año. A fin de cuentas, Maradona siempre ha sido un cheque de votos al portador, y el portador, desde que se reinstauró la democracia en su país, 1983, siempre ha sido de tendencias izquierdistas. Chávez lo sabe, como lo supo Evo Morales hace un año, cuando el “10” llevó lo mejor de su equipo a La Paz durante las eliminatorias, salió goleado 6-1 y siguió apoyando el fútbol en las alturas, como lo había hecho una y mil veces. Y Maradona… ¿También lo sabe?
El pasado jueves su imagen de Orson Wells latino recorrió el mundo cuando escuchaba, entre atónito y aterrado, a Hugo Chávez mientras rompía relaciones con Colombia. Concluido su discurso, el presidente le pasó el micrófono y Maradona dijo: “Es un orgullo poder estar al lado del presidente, porque lucha por la gente, lucha por su país, lucha por sus ideales y estoy con él a muerte, permanentemente, escuchándolo cómo defiende todas sus posturas y me parece fantástico”. Del otro lado de la frontera sus palabras tuvieron un efecto de dardos envenenados. Los medios le recordaron parte de sus viejos deslices, droga, balines, desplantes, como si hubiera sido él quien dijo: “Iría a la guerra con lágrimas en los ojos”.
Fuente:
El Magazin de Colombia Fernando Araujo Vélez
(*) Periodista, escritor y editor de El Magazín online. Tiene a su cargo la edición de los Lunes Festivos del periódico El Espectador.

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